Trenfugiados es un álbum ilustrado publicado en octubre de este año por la editorial La fragatina en un momento en el que las personas refugiadas (guerras, política, religión) que buscan un hogar seguro han llegado a nuestros hogares en España, y no solo por las noticias; y no nos es, o no nos debería ser, nada ajeno. Nos parece un libro que enfrenta un problema actual a los niños apostando por contar los temas difíciles, que parecen moverse únicamente en territorio adulto.


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Unos niños, que son primos, charlan en casa de su abuela sobre lo que son los trenfugiados; Laura, una de las primas, opina que no se dice así sino que se dice refugiados; intentan entender por qué han salido de sus casas y todo comienza cuando uno de los primos, Juan, el que los llama trenfugiados, dice que han llevado comida para ellos a la escuela.


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El tono es dulce, la voz narrativa te invita a entrar en la historia como si fueras uno más, y qué opinas tú, qué opina el niño o niña que lee el libro. Se te invita a integrarte a comprometerte tú también, a no ser únicamente un espectador. Además, cualquier persona puede ser un refugiado, tú como lector también. Quienes ayudan ahora han vivido a través de sus familias anteriormente lo que es serlo. Abrir los brazos a los demás es fundamental. La última escena del libro es tremendamente generosa: dejar una cama para quien lo necesite es un gesto muy bonito aunque no sea más aparentemente que un momento de niños.


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Las ilustraciones cuentan la libertad y bienestar de unos niños; tienen predominantemente tonos pasteles, enfocándose en los personajes antes que en los fondos, en su ropa, pelo; hay estampados florales por las páginas, en un ambiente tradicional que nos transporta a las casas de pueblo con esas cocinas enormes con suelo de baldosas viejas, mesas grandes para mucha familia, chimenea… Hay referentes al pueblo donde los niños van en verano, a la unión familiar con esos primos que pasan tiempo juntos y duermen juntos.


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Está ilustrado por Evelyn Daviddi y escrito por José Campanari


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Es un libro de un tamaño más bien grande que resalta las relaciones sociales como valores fundamentales, la comunicación y el escuchar como hace la abuela, sin censurarles. Rescata momentos cotidianos envueltos en los problemas de nuestro presente en un tono alegre que es el de los niños, con un ánimo cariñoso sin la dramatización que por otro lado no sería coherente con los personajes. El final es travieso, mirando la narradora al lector e imaginando a un niño queriendo dejar un espacio también en su habitación al acabar el libro. Se retrata a los refugiados como personas iguales a través de las ilustraciones.