Tengo por mi casa muchos libros de literatura infantil y juvenil y seguramente no habré leído ni una muy mínima mínima parte de toda la LIJ de los últimos tiempos; pero si de 100 libros solo uno es de teatro… Algo querrá decir. Mi único libro de teatro para niños si mi memoria no me falla es El elefante ha ocupado la catedral escrito por Juan Mayorga e ilustrado por Daniel Montero Galán.


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Y me da pena porque me encanta el teatro… pero claro, el teatro en un libro es un texto hecho para representarse lo que requiere de una actitud muy activa por parte de quien decide llevárselo a su casa, por lo menos si es para leérselo a un niño. Tendrá que escenificar los momentos, poner voces y maneras de ser distintas para diferenciar a unos personajes de otros. ¿Sabemos hacer esto?

El teatro es un género divertido, conmovedor, donde todo está a flor de piel porque cuando abrimos el libro nos encontramos con una acción ahí mismo, según nuestros ojos miran las palabras. Los personajes viven en el presente en el momento en que estamos leyendo… Los personajes son y nadie nos tiene por qué contar cómo son; cada uno de ellos se expresa.

Por otro lado pienso que escribir teatro puede ser más complejo que ser narrador; primeramente porque muchos escritores han aprendido a escribir leyendo y si hay poco teatro actual pocos referentes tendrán, poco teatro habrán leído, y al final uno se forma con aquello que le ha inspirado.


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Ilustración de Violeta Lópiz

En los estudios que estoy realizando he leído a autores que dicen que el teatro y la poesía son una asignatura pendiente todavía en la literatura infantil y juvenil: “hay un escaso interés por el teatro en los ámbitos de investigación de la LIJ como si se tratara de un mundo que no guarda relación alguna con otros géneros literarios”, en palabras de Ana Díaz-Plaja, profesora jubilada de la Universidad de Barcelona. Otro especialista, Carlos Silveyra profesor de la Universidad de Buenos Aires, dice: “La poesía y, sobre todo, el teatro son olvidados”.