En Orihuela nació Miguel Hernández pero tambien sintió desde Orihuela y llevo consigo Orihuela en sus poemas (no basta con nacer: Miguel Hernández vivió Orihuela como su casa, su origen humilde); es uno de los poetas más queridos y admirados por muchos de nuestros escritores actuales, por la sencillez de sus poesías, por el cariño de sus versos.


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Desde hace unos cuantos años (el que venga será ya el noveno certamen, el cual ya está convocado y se cerrará el 19 de septiembre) el Premio Internacional Ciudad de Orihuela de Poesía para niños se viene celebrando con el objetivo de fomentar la poesía entre los pequeños; tiene tras de sí a: Beatriz de Osés por El secreto del oso hormiguero (ilustrado por Miguel Ángel Díez), Pedro Mañas por Ciudad laberinto (ilustrado por Silvina Socolovsky), Beatriz Giménez de Ory por Los versos que huyeron del libro tonto (ilustrado por Paloma Valdivia), Ramón Iván Suárez con Palabras para armar tu canto (Cecilia Rébora), María José Ferrada con El idioma secreto (ilustrado por Zuzanna Celej), María Jesús Jabato con Gorigori, Laura Forchetti por Buenos días, medianoche (María Elina Méndez). Y el último ganador de la VIII edición ha sido el cordobés Juan Carlos Martín Ramos por el libro de poemas Mundinovi, en nada tendremos el libro en bibliotecas y librerías.

Juan Carlos Martín Ramos ha publicado libros como Canciones y palabras de otro cantar (Edelvives) o La alfombra mágica (Anaya). Todos los libros premiados son publicados por el sello editorial de Kalandraka, Factoría K.

Os dejamos con lo que dijo Juan Carlos Martín Ramos el pasado día 17 de marzo, el día del acto de entrega del premio, y así le podéis conocer mejor. Nos parece tan hermoso que hemos querido compartir estas palabras tan importantes, llenas de significado y emotivas también aquí en La gata de almohada.


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Es la primera vez que vengo a Orihuela, y no lo entiendo. Orihuela viene en el mapa de mi memoria desde mi más fogosa adolescencia, desde uno de los días más importantes de mi vida, el día en que fui a comprar mi primer libro de poesía con las monedas, unas curiosas monedas llamadas pesetas, que fui guardando en un cajón durante varias semanas. 

Era un libro de pastas humildes, pero de alas poderosas. Era y es un libro, porque aún lo conservo, en el que algunas palabras y algunos versos habían sido sustituidos por unos misteriosos puntos suspensivos. 

A pesar de todo, la fuerza de aquellos poemas amordazados, heridos, mutilados, eran capaces de sostenerse en pie, de caminar con paso firme sobre las páginas del libro. Aquellos poemas eran capaces de atenazar mi corazón, de volar libres dentro de mi cabeza. Eran capaces de hacer visible lo invisible, de nombrar lo innombrable, de llenar el vacío, de ponerle música al silencio, de darle cuerpo a la ausencia.           

Estoy hablando de hace mucho tiempo, de hace mucho más de mucho tiempo, y estoy hablando de tal vez la primera antología que se publicó en España de un poeta que hasta entonces solo conocía algún poema en la voz de mi profesor de poesía más querido, Paco Ibáñez. 

Estoy hablando de un libro en cuya portada estaba y sigue estando escrito: “Miguel Hernández. Poemas”. 

Desde aquel día ya lejano, Miguel Hernández forma parte de mi vida. Y, por tanto, también Orihuela, el simbólico universo de la infancia y la primera juventud de Miguel Hernández convertido en íntimo y apasionado escenario de su poesía. 

Aquel libro fue decisivo para que madurase, con la profundidad y la fortaleza de un fruto prohibido, mi sensibilidad y mi idea del mundo. Y debo decir que, contrariando la intención de quien allí los puso, aquellos puntos suspensivos también me ayudaron a entender el verdadero valor de la poesía. 

Así que tengo muy claro que lo primero que debo hacer aquí esta tarde es expresar mi profundo agradecimiento a quienes han hecho posible que hoy, por fin, esté en Orihuela. 

A su alcalde, Emilio Bascuñana, como principal anfitrión. A Begoña Cuartero, concejala de Educación y Cultura, que tuvo a bien llamarme por teléfono para felicitarme por mi cumpleaños y ya, de paso, comunicarme la concesión del premio. Y al resto del jurado, a las profesoras y escritoras Antonia Rodenas y Fuensanta Estremera, al poeta Antonio Rubio y al director de Kalandraka, Xosé Ballesteros. 

También quiero expresar mi agradecimiento a quienes, además de todos los anteriores, le han concedido a “Mundinovi” el deseo de convertirse en un libro con vida propia. Este agradecimiento, por tanto, lleva escritos los nombres de Manuela, Paz, Silvia y de todo el equipo de la editorial  Kalandraka, que una mañana de noviembre, en su sede de Pontevedra, me enseñaron cómo entraba el sol por las ventanas en horas de oficina. 

Por supuesto, también quiero dar las gracias a quienes con su trabajo, su compromiso, su entusiasmo y su generosidad están contribuyendo a que, cuando vuelva a mi casa, pueda recordar mi estancia en Orihuela como un hermoso cuento lleno de sorpresas y con final feliz. Me refiero al equipo de la Concejalía de Educación de Orihuela: a Fuensanta, a Esther, a Mª Jesús, a Carmen, a Marina y a Manuel. 

Es imprescindible añadir aquí mi más profundo agradecimiento a los profesores y alumnos de los centros educativos de Orihuela que, según me han contado, han estado preparando con mucha ilusión la lectura de poemas que tendremos oportunidad de disfrutar dentro de unos momentos. Me va a ser muy difícil mantener el tipo con tanta emoción. 

Y no me olvido de vosotros, todos los que estáis aquí haciéndonos compañía en este acto. También vosotros sois protagonistas de este hermoso cuento, de la misma forma que es parte fundamental de su argumento todo lo que nos ha sucedido hasta ahora y todo lo que aún falta por sucedernos a lo largo de esta tarde. 

*

Finalizado el capítulo de agradecimientos, sin duda el más importante, creo que ha llegado el momento de contaros algo sobre “Mundinovi (El gran teatrillo del mundo)”, un libro de poesía que habla del minúsculo y a la vez inmenso, inabarcable mundo de los títeres. 

Para empezar, quiero haceros una confesión. Escribir un libro sobre títeres es una deuda que tenía conmigo mismo o, para ser más exactos, es una deuda que tenía con mi abuela. Porque mi abuela, y no quiero que parezca que lo digo por presumir, era titiritera. 

Gracias a ella, pasé gran parte de mi infancia dentro de un teatrillo de títeres. Allí crecí poniéndome de puntillas y cambié de voz muchas veces antes de cambiar los dientes. 

Pero el tiempo, como es su costumbre, pasó muy deprisa y, de pronto, ya no tuve que ponerme de puntillas dentro del teatrillo. De pronto, di el estirón y me descubrí muy lejos de las faldas de mi abuela, formando parte de mi propia compañía, “Titiritaina”, junto a mi compañera Lurdes López, con un títere en cada mano y levantando la voz ante un público desconocido que, al final del espectáculo, nos premiaba con el calor de su aplauso. 

Hace ya bastantes años que no abro la cortinilla de mi teatro de títeres. Ahora abro las páginas de un pequeño cuaderno donde sólo hay sitio para escribir poesía con la intención de que mis versos  lleguen algún día, si es posible en forma de libro, a manos de los lectores más jóvenes. 

Pero, en el fondo, sigo haciendo lo mismo. La palabra, hablada o escrita, es un instrumento para tocar la música de los sentimientos y de las ideas. Y la poesía, como el teatro, es una forma de mirar el mundo y de buscar el verdadero sentido de todas las cosas. 

* 

¡Ay, la poesía! ¡La poesía! ¿De qué estamos hablando? ¿Qué es la poesía? ¿Para qué sirve la poesía? ¿Es importante la poesía en la infancia y en la adolescencia? ¿Es importante, en general, que leamos poesía? 

¡Demasiadas preguntas! ¿Y para qué? 

Al fin y al cabo, para quien no tiene la menor curiosidad por saber lo que pasa dentro de sí mismo, la poesía es inútil.

Para quien no quiere construir su propia mirada sobre el mundo, la poesía es innecesaria.

Para quien no tiene la menor intención de salir al encuentro de la mirada de los demás, la poesía es una pérdida de tiempo.

Para quien no siente curiosidad por saber qué sucede al otro lado del horizonte, o en la cara oculta de la luna, o al final de un callejón sin salida,  la poesía no tiene sentido.

Para quien no quiere jugar con las palabras ni sumergirse en el mar de sus múltiples significados, para quien no tiene ningún interés por descubrir el placer de leer poesía, la poesía no sirve para nada. 

Además, ¿para qué tantas preguntas sobre la poesía si la poesía las contesta por sí sola? 

Muchas veces me he perdido por el mar / como me pierdo en el corazón de algunos niños. [¿Es necesario explicar esto?] 

Cuando el mozo se hizo viejo / pensaba: Todo es soñar. / El caballito soñado / y el caballo de verdad. [¿Hay que añadir algún comentario?] 

Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida. [¿Le faltan a estos versos alguna coma?] 

Así es. La poesía habla por sí sola. Y debe hablar con voz propia. Por eso es tan importante que quienes escribimos poesía para niños y adolescentes afilemos bien nuestros lápices y seamos muy exigentes con nosotros mismos. 

Preservar la calidad literaria de lo que se lee en la infancia y en la adolescencia es el camino más corto para que la literatura lleve a la literatura, para que un libro lleve a otro libro, para que un joven lector de poesía siga teniendo a lo largo de su vida, como equipaje de mano, la fiel compañía de un libro de versos, la emoción y el placer de su lectura. 

*

Escribir y leer poesía es además una gran aventura en la que con demasiada frecuencia nos embarcamos solos. Por eso,  para mí es un gran privilegio ser, de momento, el último de una fila formada por autores a los que leo y admiro, y con quienes, a juzgar por su obra, comparto no sólo el hecho de escribir poesía sino sobre todo la convicción de que la literatura infantil y juvenil, en sus diferentes géneros y formas de expresión, debe ser, en primer lugar, buena literatura. 


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A todos ellos quiero mandarles un abrazo desde esta silla que han ocupado antes que yo y, de todos ellos, quiero desde aquí invitaros a leer sus libros, si no lo habéis hecho ya. 

*

En capítulo aparte quiero hablar de Federico Delicado, el ilustrador del libro. 

Él es quien ha levantado el telón de la luz y el color para que las páginas de “Mundinovi” cuenten mucho más de lo que dicen, para que sus versos tengan con el lector mucho más que palabras. 

El gran teatrillo del mundo en las manos de Federico Delicado es un lugar donde se detiene el tiempo, un lugar donde la vida sólo sigue cuando un títere sale a escena. 

En cada una de sus ilustraciones hay un personaje visible o invisible, sentado al borde de un camino, que nos invita a entrar en las profundidades de un universo mágico. 

Si nos asomamos a cualquier ilustración del libro, como quien se asoma a una ventana que enmarca un fragmento del paisaje, y miramos hacia uno y otro lado, podremos darnos cuenta de que cada imagen supera los límites de la página, que las líneas continúan, que el horizonte de color llega más lejos, que el mundo que ha dibujado Federico también existe fuera de la escena que aparece sobre el papel, a escondidas de nuestra mirada. 

Podréis comprobarlo fácilmente si os acercáis a una ilustración hasta que la punta de vuestra nariz toque el papel. Haced la prueba. En algunos casos, si encontráis el ángulo adecuado, incluso podréis asomaros desde fuera al interior de un teatrillo y descubrir abajo al titiritero, agazapado en la sombra, al mando de la secreta maquinaria que mueve la vida de sus pequeños personajes. 

* 

Se dice que de los títeres se aprende mucho de la vida. Bueno, la verdad es que no sé quién más lo dice, pero lo digo yo. 

Los títeres reflejan la vida de los seres humanos con lúcida transparencia, con descarada libertad, con saludable rebeldía, sacándole punta a nuestros sentimientos y pensamientos más ocultos, poniendo en solfa las apariencias y las falsedades. 

Los títeres dicen en público lo que piensan. Son espontáneos, sinceros, inteligentes, irónicos. Dicen con su lengua afilada lo que los seres humanos decimos y dicen también lo que callamos. 

Por eso, no quiero ser yo quien ponga punto final a mi intervención. Durante mis años de titiritero me acostumbré a hablar por boca de los títeres. O, dicho de otra forma, me acostumbré a que los títeres hablaran por mí. Muy pronto descubrí que las palabras que salen de su boca hablan directamente al corazón de cualquier persona, sea cual sea su edad, y tienen la capacidad de sembrar en quien las escucha un profundo amor por el teatro, por la poesía, por los cuentos, por las canciones, por la dimensión mágica de la vida. 

 Así que no quiero ser yo quien diga mis últimas palabras. Voy a dejar que sea mi viejo compañero de teatrillo, ¡el Bufón!, quien se ponga en mi lugar y se despida por mí.


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¡Señoras y caballeros!,

aquí estoy, en Orihuela,

pueblo de Miguel ¡y mío!,

que yo leo sus poemas.

 

Aquí estoy porque a escondidas

me colé en una maleta,

que si no el titiritero,

¡traidor!, en casa me deja.

 

¡Señoras y caballeros,

orienten bien sus orejas,

cuando digo lo que pienso

nunca me muerdo la lengua!

 

Por eso voy a decir

lo que calla aquí el colega,

lo que tacha de sus versos

por temor a que se sepa.

 

Gritaré a los cuatro vientos

que estar hoy en Orihuela

y recibir este premio

es cumplir lo que se sueña.

 

Porque no hay premio mejor

para quien junta las letras

que verlas dentro de un libro

al alcance de cualquiera.

 

Un libro que vuele libre

con alas blancas y abiertas,

un libro que ponga voz

a lo que sientes y piensas.

 

¡Señoras y caballeros,

tomen nota de esta idea!

Para hablar de poesía

cualquier excusa es la buena.

 

Poesía a todas horas,

poesía sin fronteras,

versos que se lleve el viento,

versos que vayan y vuelvan.

 

Poesía para todos,

niños, viejos y, entremedias,

veinteañeros, cuarentones,

hombre o mujer, él o ella.

 

Buen tiempo para la lírica,

que carga el futuro a cuestas.

Os aviso, navegantes,

¡verso en popa a toda vela!

 

Así que dale que dale,

joven lector, al poema.

Dale que dale que dale

a las palabras, poeta.

 

¡Haced camino al andar

contando piedras y estrellas!

¡Que canten los ruiseñores

bajo el rayo que no cesa!

 

¡Señoras y caballeros,

aquí se acaba mi arenga!

En un lugar de La Lonja

de la ciudad de Orihuela.


premiociudaddeorihuela

 

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