Quiero hablar de un libro que me ha fascinado, cuya lectura me parece inmensa, completa, verdadera y libre; cuya dulzura vuela por el libro, el amor está presente y todo pasa sin adornos y con vitalidad al mismo tiempo. Una historia de humildad y aprendizaje, una historia que es pura y sencilla, como deberíamos ser todas las personas, y que desde luego, es para todas las edades, mientras se siga recordando. Este libro es: Pepito, el habitador de los tejados.


IMG_20150125_182522 Así empieza la lectura de este libro: En el año 1951 o 52 o 53, o a lo sumo en 1956, vivía en Madrid una familia compuesta por un padre y un hijo. Vivían en un barrio que miraba al oeste, en una calle que se llamaba Mediodía Grande. Su casa era el último piso, tenía una azotea enorme con lavadero cubierto y una especie de trastero o desván pequeño al que ellos llamaban la caseta. Desde la terraza se podían ver los tejados circundantes, los del otro lado de la calle e incluso los que estaban muy lejos. Hasta en el horizonte, hasta en la puesta de sol, hasta en las mismas nubes había tejados. Editado por Kalandraka en el año 2006, así que ya han pasado algunos años.

Escrito por Manuel Janeiro e ilustrado por Juan Ramón Alonso: aunque este libro es mucho más novelado que ilustrado, aparecen algunos dibujos según se va leyendo, y en la portada, claro, donde vemos a un Pepito en un paisaje difuminado, acuático, nocturno, donde mira hacia donde nosotros no podemos ver.

El lenguaje me gusta, es sencillo, tiene la base de poder ser entendido por los niños y a la vez ser una lectura placentera para todas las edades. Me gusta porque al estar ambientada la historia en los años cincuenta del siglo pasado, hay palabras de un castellano más antiguo, o simplemente términos que han entrado en desuso porque ya no existen los objetos para poder nombrarlos, que uno puede conocer y adentrarse mejor en la historia. Porque aparte de hablar sobre Madrid, habla sobre Madrid en esa época, descripciones que todavía siento que veo cuando paseo por esas calles y que me gusta saber de dónde vienen adónde van.


IMG_20150125_182430Y es que en esta historia son los tejados los territorios anhelados, el lugar donde todo se vuelve pacífico, el lugar donde uno puede olvidar la situación histórica concreta que vive, y pensar simplemente en que está viviendo (lo que todo ser humano del bulto desea en el fondo, olvidar guerras, malos asuntos y simplemente ser feliz), que pertenece al universo y comportarse como cualquier otro animal, con el instinto de supervivencia, y el funcionamiento de la naturaleza, y pudiendo contemplar la puesta de sol como una hormiga, como una cigueña, una avutarda o un ser humano.

En esta historia aparece un padre luchador, el padre de Pepito, con escasos recursos, pero con una gran imaginación  y sentido de la vida, de tal forma que cría él solo a Pepito y a este no le falta momento para aburrirse, no le faltan aventuras, y eso que vive con el menor de los adornos, porque para imaginar lo mejor es tener poco y hacerlo grande. Como cuando van a la Plaza Mayor por la noche en Navidad y el padre le dice que siempre puede usar la imaginación para sentir cerca las cosas que quiere, como él que se imagina yendo con su mujer, la madre de Pepito, de paseo como hacían años atrás.


IMG_20150125_182740 Sus páginas encierran la tristeza suficiente y la magia necesaria para que toda buena historia suceda, porque al menos para mí, las historias bonitas poseen dolencias que, sin embargo, uno consigue hacer frente gracias al ángulo infantil, el cariño, la espontaneidad de los pequeños asuntos, y disfrutar frente a los pesares, esas son las buenas lecturas para mí, las que rompen el miedo y la oscuridad con valentía y risas.

En esta historia no faltan los problemas de la Guerra Civil española que todavía estaba presente aunque ya hubiera acabado, y podemos valorar lo que pesa ser adulto y lo que significa ser niño. Donde como ocurre en El Tambor de hojalata, un niño puede vivir entre la mayor de las barbaries, pero su imaginación es más poderosa, y su pequeña mirada para muchos, su baja estatura, pasa desapercibida entre los asuntos de Estado (no es más que un niño) y mientras tanto él puede, casi mágicamente, ser feliz y mirar por encima de los demás.


IMG_20150125_182800 Este libro, repleto de pequeñeces, repleto de fantasías que son, sin embargo, realidades deseadas, acciones que por qué no podrían estar pasando (porque si uno pone la mirada del adulto se da cuenta de que un niño no puede vivir en los tejados, y entonces rompemos la magia de todo), sucesos que si uno sonríe mientras los lee es que, desde luego, el niño que tiene dentro sigue dentro de él y no solo el niño, sino la vida.

Ojalá en algún momento pueda yo encontrarme a ese Pepito, a ese alma libre que vaga por los tejados del barrio de la Latina, ese niño que representa las ansias de libertad de todos los que pasean por las calles, abajo, atrapados por la hambruna, ese niño que es capaz de ver más allá, que es tan libre y marginal como las cigueñas que encuentra, un niño que solo desea vivir en lugares bonitos, mientras otros destrozan lo que quiere, como la puesta de sol, donde se puede llegar; un niño que mira como todos desearíamos mirar y que nos hace mirar así en este libro.

Existen ciertos elementos de las narraciones que me atraen especialmente y entre ellos está la noche, los tejados, la luna, los polvos en los ojos que echa Fernandino a todos los niños para que se duerman, los ambientes en el centro de Madrid, con sus patios interiores, sus azoteas, sus corralas, sus tejados tan apretados…